LA VIDA EN TIERRA FIRME

Escritura para enrolarte en un barco pirata


En el puerto

 

La llegada de un barco pirata a un puerto amigo solía seguirse con espectación. En las dársenas se congregaban camaradas y curiosos para conocer en detalle el resultado de la travesía. Las historias sobre los mares navegados, los navíos hundidos o capturados y los abordajes a golpe de cuchillo eran relatados con entusiasmo y narrados una y cien veces, haciendo inevitables comparaciones con otras incursiones en lo referente a valentía, suerte o peligros vividos: todo para mantener y acrecentar su reputación.

 

Los relatos, sin embargo, podían exagerarse hasta un límite. Y este límite no era otro que el botín conseguido, verdadero protagonista para la ciudad donde recalaban. Podía tratarse de moneda corriente, de oro y plata, de mercancías para la subasta o del rescate de prisioneros. Pero todo se reducía, finalmente, al gasto que iban a realizar en las tabernas, en los hostales, en los prostíbulos. La llegada de un barco pirata a un puerto amigo suponía relanzar su economía. Los comerciantes iban a comprar telas, pólvora, especias, cañones, velamen, drizas, cualquier mercancía u objeto que saliera de sus bodegas dado que su reventa estaba asegurada.

 

Aquellos que en breve iban a hacerse a la mar se interesaban, en cambio, por otro tipo de detalles: de si las relaciones entre España, Francia e Inglaterra, por ejemplo, habían cambiado desde la última paz firmada o desde la última guerra declarada, dado que muchos navegaban con patente de corso y debían de conocer a los barcos aliados para no incurrir en piratería y ser juzgados por sus propios compatriotas. También requerían información de en qué puertos, mares o caladeros se encontraban las armadas reales, para esquivarlas y evitar el enfrentamiento directo.

 

La tripulación, una vez en tierra y si el botín había sido suculento, podía malgastar en unos días lo acumulado en semanas o meses. Mujeres, alcohol y juego eran los entretenimientos favoritos que se complementaban con otros más pendencieros: peleas, duelos, y robos y engaños que terminaban en ocasiones con la vida del pirata, algo que los navíos de Su Magestad no pudieron lograr.

 

La bolsa está vacía

 

Gastado el botín, los placeres de la vida se esfumaban y aquel pirata atendido como un rey por prostitutas, hosteleros y compañeros tenía que hacerse a la mar para rellenar la bolsa porque sin dinero no era nadie. Sin dinero ya no le atendían en las posadas, ni los dependientes le daban crédito y los amigos dejaban de escuchar sus bravuconerías. Así era la vida. Eras lo que tenías y lo que podías gastar. Y cuando no tenías nada, cuando habías gastado hasta el último doblón (daba igual que hace dos días o hace dos horas tuvieses un cargamento de mil arrobas de añil) solo quedaba hacerse de nuevo a la mar, para conseguir nuevas historias y nuevos botines de los que vivir.

 

El barco siempre a punto

 

La diversión y el ocio, por otra parte, debía compaginarse con otros trabajos no tan placenteros. La tripulación se debía a sus compañeros, a su capitan y a su navío. Las reparaciones eran de rigor pues la sal, los microorganismos marinos y las algas causaban estragos en la madera. También lo hacían los cañonazos recibidos que se llevaban media borda en una andanada. Había que reparar o reponer el velamen, las jarcias y calafatear el barco, es decir, hacerlo estanco para que no entrase el agua en la sentina. Y era una tarea periódica. Había que mantener al casco en condiciones ya que los percebes, algas y otros muluscos se adherían por debajo de la línea de flotación, carcomiendo el maduramen. Estas incustraciones no sólo debilitaban la madera sino que suponía relentizar la velocidad y la maniobrabilidad del barco y, ante unos perseguidores, esta desventaja podía respresentar la diferencia entre la vida y la muerte, entre salir airosos de una refriega o ser capturados.

 

El carenado de la nave se hacía en áreas de fuertes mareas y fondo arenoso. Consistía en ladear la nave en tierra, dejando al descubierto medio casco. Primero una banda y luego la otra para, posteriormente, limpiarlo y repararlo.

 

Una vez el casco al descubierto se hacía una pasta (mezcla de sebo, cáñamo, alquitrán, pez y azufre) que se untaba en las juntas de las cuadernas impidiendo pasar el agua. Esta pasta se descomponía con facilidad y antes de untar una nueva capa había que eliminar la anterior. Se hacía raspando el casco y, también, quemándolo para así eliminar cualquier incrustación que el mar hubiese depositado.

 

El sebo y el azufre se utilizaba para que el barco se deslizase más fácilmente en el agua y el azufre como veneno contra los gusanos marinos que atacaban la madera. A veces, como protección añadida, se forraba el caso con tablones delgados por encima de la capa de alquitrán. Esto restaba maniobrabilidad al buque pero, en contra, le protegía de las corrosiones.

 

A partir de 1760 se utilizó el forro de cobre, pero tan solo en barcos de prestancia, debido a su alto coste.

 

La frecuencia del carenado dependía de la temperatura de las aguas. Más calurosas suponía mayores adherencias de manera que cerca de los trópicos se llegaba a realizar tres y cuatro veces al año.

 

Estas reparaciones suponían un riesgo a su seguridad. Con el barco varado eran vulnerables a cualquier ataque, ya fuese por mar o por tierra, por lo que cuando era posible se realizaban en puertos donde eran bien recibidos o en calas resguardadas, poco conocidas y de difícil acceso. Con ello minimizaban el riesgo de ser perseguidos por los grandes barcos de las armadas reales. Los piratas preferían naves rápidas, de poco calado y ligeras, de no más de dos palos. Las ventajas eran múltiples: eran fáciles de esconder, las reparaciones se hacían en menos tiempo, frente a barcos más pesados estaban en óptimas condiciones para maniobrar y, dado su bajo calado, podían navegar y escapar por estrechos y vías poco profundos.

 

Finalmente, cuando el estado del barco no aconsejaba más reparaciones, bien por el estado de la madera debido a la carcoma o bien por los daños causados en combate, debían de sustituirlo. Y la manera de hacerlo, la única que sabían: un acertado abordaje.

 


Rumbo a la Isla Del Cofre