CICATRICES Y AMPUTACIONES

Escritura para enrolarte en un barco pirata


Las heridas, algo común

 

La cantidad de normas escritas y no escritas que regulaban el reparto de botines y, en especial, de las indemnizaciones por pérdidas de ojos y amputaciones de miembros y dedos, pone de manifiesto que este tipo de lesiones debieron ser habituales en las batallas, abordajes y asaltos a plazas. Muchos piratas tuvieron que padecer amputaciones por la caída del palo de mesana sobre sus fémures, llevar parches por las astillas clavadas en sus ojos tras una andanada, gangrenas en sus brazos por heridas de sable y puñal, desmembramientos por el impacto de balas de cañón. No todos los navíos de la época podían permitirse el lujo de llevar médico a bordo por lo que, en el mejor de los casos, disponían de un barbero. Tal era la consideración a esta ciencia que en el reparto de los botines el cirujano, junto con el capitán, artillero, piloto y contramaestre, recibían mayor tajada.

 

Se conocen pocos casos

 

A pesar de las múltiples batallas, abordajes, asaltos, peleas, duelos, motines, escaramuzas y ataques, los casos conocidos de piratas que sufrieron lesiones de gravedad no son muy numerosos. ¿Motivos? Hay varios que lo justifican. Uno de de ellos es que los documentos y relatos que nos han llegado hacen referencia casi exclusiva a los capitanes y a sus aventuras más que a los miembros de las tripulaciones, quienes sufrían los mayores estragos en los combates y de los que no quedan constancia.

 

En segundo lugar, porque en los enfrentamientoss navales las andanadas enemigas se dirigían o a la línea de flotación cuando se quería hundir un navío (donde se situaban los cañones y la tropa que los manejaba), o a los mástiles y velamen cuando se quería hacer presa (lugares que ocupaban los marineros atentos a cualquier orden del capitán). Los piratas, por tanto, estaban más expuestos que sus cabecillas a una bala de cañón y a las esquirlas que la acompañaban.

 

En los lances cuerpo a cuerpo, por otro lado, era la propia tripulación la más interesada en que su capitán saliera indemne de la contienda. Podría ser el único de a bordo que supiese dirigir la refriega y conseguir sacarlos del entuerto. No es de extrañar, por tanto, que varios hombres estuviesen pendientes de sus movimientos, a modo de guardaespaldas, para que no sufriera ni un rasguño. Como hacían cuando saltaban a puerto, o cuando se entrevistaban con capitanes de otros barcos o negociaban la aguada con algún cacique local.

 

Si tenemos en cuenta, además, que la medicina de campaña no contaba con los adelantos actuales de quirófanos, instrumental, medicinas o anestésicos y que en la mayoría de los barcos se disponía, con mucha suerte, de un sacamuelas más entrenado en las tabernas que en el oficio de galeno, se comprenderá que pocos de los heridos graves sobreviviesen a tales heridas y mutilaciones. La salvación de los hombres se debía más a la fortaleza y constitución de cada uno de ellos y a las dimensiones de las heridas que a la pericia del cirujano.

 

Barbarroja

 

De los casos más famosos que han trascendido a nuestros días se encuentra el de Aruch Barbarroja. Este griego de la isla de Lesbos había renegado de la fe católica y se encontraba en guerra permanente contra los cristianos. A principios del siglo XVI fue llamado por el rey de Begaya para liberar la plaza de los españoles, que recientemente la habían conquistado. Barbarroja sitió la ciudad y en el asalto perdió un brazo, que, una vez hecho el muñón, cambió por uno de plata.

 

Miguel de Cervantes

 

Otro caso bien conocido es el Miguel de Cervantes Saavedra. En 1571 el Papa Pio V, Venecianos y Españoles se dirigen por mar para liberar Chipre y frenar así el avance de los otomanos. Después de un despliegue de unos 80.000 hombres, los cristianos, al mando de Juan de Austria, terminan por enfrentarse contra la armada turca en Lepanto. En el combate, el autor de Don Quijote de la Mancha se lesionaba su mano izquierda. Contaba con 24 años.

 

Francois Le Clerc

 

Después que de Jean Florín apresase a tres carabelas en aguas de las Azores con el tesoro de Motechzuma en sus bodegas, los reyes franceses comenzaron a otorgar patentes de corso contra los españoles. La primera que entregó Enrique II en 1533 fue a favor de François Le Clere, apodado Pata de Palo. Le Clere puso rumbo a las costas del Caribe y al mando de unos centenares de hombres atacó Cuba y Puerto Rico. Se desconoce en qué circunstancias este corsario francés perdió la pierna, tan sólo se sabe que fue contra los ingleses y que la reemplazó por una de madera.

 

Caraccioli

 

Sacerdote que cambió el púlpito de las iglesias por el castillo de proa a bordo del barco del capitán Mission. Caraccioli era italiano y estaba convencido que la religión no era otra cosa que argucia humana y que sólo tenía en cuenta lo beneficioso, y no lo meritorio y virtuoso. El joven Mission, que fue hasta Roma desde Providence para adquirir cultura pues pertenecía a una acaudalada familia, comprobó lo ciertas que eran las palabras del que fue su confesor. Así que se hicieron con un navío, el Victorie, del que Mission fue nombrado capitán y Caraccioli, lugarteniente. En un abordaje contra un barco portugués de 60 cañones que transportaba polvo de oro por valor de 250.000 libras esterlinas, Caraccioli perdió la pierna derecha y estuvo recuperándose en Johanna, cerca de Madagascar, durante dos meses.

 


Rumbo a la Isla Del Cofre