HAMBRUNA A BORDO

Escritura para enrolarte en un barco pirata


NAVEGAR EN CABOTAJE

 

Hasta bien entrado el siglo XV se practicaba una navegación sin perder de vista la costa, durante las horas de sol y restringiendo los viajes a los meses más benignos. Los motivos que aconsejaban este tipo de navegación son varios.

MEJORAS EN LAS CONDICIONES DE NAVEGACIÓN

 

Una vez que se construyen mejores barcos y los instrumentos de navegación y proyección se perfeccionan, se cartografían las nuevas tierras descubiertas y se actualizan los mapas del viejo mundo. Ahora se podrá navegar con buen o mal tiempo, cerca o alejado de la costa, de día o de noche ya que el miedo a perderse en la noche no se debe tanto a la oscuridad como a la falta de conocimientos para determinar la posición y poder encontrar el camino de regreso a puerto o continuar la travesía.

 

Hasta antes de efectuar grandes viajes los capitanes no debían preocuparse en exceso de la comida que debían llevar a bordo (tipo, cantidad, caducidad, etc.) puesto que su falta podía ser fácilmente repuesta ya que bastaba, la mayoría de las veces, con acercarse de nuevo a la costa para aprovisionarse.

 

Con las grandes expediciones, sin embargo, el avituallamiento ha sido un verdadero quebradero de cabeza. Atravesar un océano podía suponer meses sin ver ni tocar tierra y esto requería tener una bodega bien surtida para alimentar y mantener a toda una tripulación y, aún así, el hambre podía saltar a bitácora en cualquier momento.

 

Si al propio riesgo de navegar unimos contratiempos como calmas chichas, tempestades, roturas del aparejo o putrefacción del agua y de las vituallas, cualquier expedición, por muy bien equipada que estuviese, podía sufrir lo indecible, fracasar en la misión encomendada y hasta perecer. La fortuna jugaba un papel importante y los españoles conocían bien el porqué. También piratas como Morgan.

 

TRAVESíA DE LAS FLOTAS ESPAÑOLAS DE 'NUEVA ESPAñA' Y 'TIERRA FIRME'. AÑO DE 1622

 

Protección de naves

 

Debido a los ataques piratas que sufrían los navíos españoles que partían del Nuevo Mundo hacia España cargados de metales preciosos y materias primas, el rey Carlos I armó, a partir de 1543, dos flotas. Una de ellas se llamaba de Nuerva España, que salía en abril hacia La Española y Veracruz e iba escoltada por dos galeones de guerra. La segunda, denominada de Tierra Firme, partía en agosto a Nombre de Dios, tocando Cartagena de Indias, y estaba compuesta de seis o más galeones. Ambas flotas, después de ir a sus respectivos destinos, se reunían en La Habana para regresar juntas a España.

 

Vazquéz de Espinosa

 

De estos viajes queda el testimonio de Antonio Vázquez de Espinosa, perteneciente a la Orden del Carmen, quien escribió el Tratado verdadero del viaje y navegación de este año de seiscientos y veinte y dos que hizo la flota de Nueva España y Honduras.

Vázquez de Espinosa se embarcó el 27 de junio de 1622 en Veracruz, puerto de San Juan de Ulúa, para dirigirse a Trujillo (Honduras). Allí se reunió con el resto de barcos que debían regresar juntos a España y, una vez preparados, pusieron rumbo a La Habana. Desde que arribaron a la villa cubana hasta que tocaron puerto en San Lúcar de Barrameda transcurrieron cuatro meses y de las veintitrés naos que partieron hacia Castilla llegaron, solamente, siete. Este es el relato de la expedición, narrado por uno de los supervivientes.

 

Fragmentos del relato de Espinosa

 

(...) Cuando se desembarcaron en el puerto de La Habana los cajones y el lastre, se mataron entre grandes y crías más de mil ratas; y aunque (...) fue muy grande el daño que hicieron, no se reparó tanto como convenía [lamentándose de no haberlas exterminado en su totalidad por los grandes perjuicios que posteriormente causaron].

 

[Las ratas] (...) para beber el agua de las botijas roían la brea y yeso de las tapaderas y entraban dentro donde morían ahogadas (...). Y muchas roían el casco de la botija por abajo y le hacían agujero para beberse el agua (...); que nos hacían gran daño en todas las cosas de la comida y bebida. Y aparecían tanta multitud de ratas y tan grandes que causaban espanto y admiración.

 

Entraban en la jaula de los papagayos y peleaban con ellos hasta que los mataban y se los comían. Entraban en los gallineros y peleaban con las gallinas hasta matarlas y comerlas. (...) También se ponían a reñir con los gatos y morderlos, de tal suerte que les hacían saltar la sangre y con el dolor les torturaban y se escapaban de ellas.

 

Comiéronse los jamones y tocinos que venían sobre el tumbadillo de popa e hicieron tanto daño y estrago en el sustento que [los tripulantes], viéndose afligidos y perseguidos de ellas, se entretenían en matarlas. Y sucedió que se mataban todos los días, unos con otros, más de cien ratas, como pequeños conejos.

 

Entrábanse en las botijas de miel que traían los soldados para comer, donde las hallaban llenas de ellas y ahogadas. En la pipa de popa, después de haberse acabado el bizcocho de ella, que quedó abierta, y al olor de las migas, entraron tantas en cantidad que, no pudiendo salir de ella, se comieron unas a otras, donde todas perecieron; y al ruido y mal olor, se echaron gran cantidad de ellas al mar, que de éstas y la que de todos los días se mataban del modo dicho en este discurso, se debieron echar a la mar, muertas y vivas, más de tres mil sin las de La Habana.

 

Visto el aprieto en que nos habían puesto las ratas, por habernos comido en los pañoles y escotilla más de doce quintales de pan, arroz, haba, garbanzos y demás menestra (...) y [por] lo poco que teníamos y nos quedaba para el viaje (...) se acortó la ración a toda la gente de la nao, dando a la infantería a media libra de bizcocho y a los marineros algo más, por el grande trabajo que traen en la mar que fue a veintiséis de septiembre (...) y desde ese día se acortó la ración del agua (...) a medio cuartillo de agua hedionda de ratas que en ella se habían ahogado y algunos días no se daba, por la poca que nos quedaba.

 

La naveta del capitán Fermín de Noriza, [que] también trajo mucha necesidad por la causa dicha, venía dando a medio cuartillo de agua y a un puño de bizcocho o mazamorra, con una docena de habas y, era tan grande la aflición que traía la gente pereciendo de sed, que muchos no sólo en esa nao, sino en otras, se refrescaban con el agua salada de la mar las cabezas y se mojaban para poder sufrir y llevar tan gran trabajo; y otros no bastándoles esto, bebían el agua salada y así muchos venían hinchados y enfermos (...) y esto fue general en toda la flota (...) miserias, afliciones, hambres y sedes (...) que por las que padecimos en nuestra nao, podrán ver cuáles vinieron las demás; que algunas de ellas vinieron con mayores trabajos y miserias.

 

OTROS CASOS DE HAMBRUNA

 

Otros tres casos de hambruna merecen la pena reseñarse. Los dos primeros no tienen relación directa con la piratería. No son ni piratas ni corsarios sus protagonistas, sino conquistadosres españoles del siglo XVI. Sin embargo, merece la pena conocerlas porque ilustran perfectamente las penalidades que sufrían algunas expediciones cuando saltaban a tierra firme, ya fuesen a colonizar América o a saquear las villas españolas del interior. El tercero sí corresponde a un pirata. Son las desventuras que acaecieron a Henry Morgan cuando fue a saquear Panamá.

 

Diego de Nicuesa en Veragua

 

Diego de Nicuesa armó en Santo Domingo siete naos y carabelas y dos bergantines en 1508, embarcando más de setecientos ochenta españoles para la conquista de Veragua. Francisco López de Gómara relata este suceso en su libro Hispania Victrix, primera y segunda parte de la Historia General de Las Indias, con todo el descubrimiento y cosas notables que han acontecido desde que se ganaron hasta el año 1551 y merece la pena transcribir la hambruna que pasó la expedición: de cuantos españoles llevó allí, cuenta Gómara, "no quedaron vivos, en menos de tres años, sesenta, y aquellos murieran de hambre si no los pasaran de Puerto Bello al Darién. Comieron en Veragua cuantos perros tenían, y hasta alguno hubo que se compró en veinte castellanos, y hasta de allí a dos días cocieron la piel y la cabeza, sin tener en cuenta que tenía sarna y gusanos, y vendieron la escudilla de caldo a un castellano. Otro español guisó dos sapos de aquella tierra y los vendió tras grandes ruegos a un enfermo en seis ducados. Otros españoles se comieron un indio que encontraron muerto en el camino."

 

Felipe Gutiérrez en Veragua

 

La siguiente expedición a Veragua la protagonizó Felipe Gutiérrez, de Madrid y, según Gómara, "fue allá con más de cuatrocientos soldados el año 36, y los más perecieron de hambre o hierba. Se comieron los caballos y perros que llevaban. Diego Gómez y Juan de Ampudia de Ajofrín se comieron un indio de los que mataron, y luego se juntaron con otros hambrientos, y mataron a Hernán Darias, de Sevilla, que estaba enfermo, para comer. Y otro día se comieron a un tal Alonso González. (...) Llegó a tanto la desventura (...) que Diego de Ocampo, por no quedar sin sepultura, se enterró vivo él mismo en el hoyo que vio para otro español muerto."

 

Henry Morgan en Panamá

 

La travesía de Henry Morgan en Panamá es otro buen ejemplo para mostrar cómo el hambre se cebaba con algunos piratas en sus correrías. Llegando Morgan y su tripulación en enero de 1671 a la desembocadura del río Chagres, cerca de Veragua, fondearon en el puerto y más de 1.400 hombres se dispusieron a cruzar el istmo. Al principio utilizaron barcazas para remontar el río. Luego continuaron a pie. Los españoles, sabiendo las intenciones de Morgan, abandonaron la zona llevándose todas las vituallas que podían cargar y quemando el resto para dificultar el avance de los piratas. Al cuarto día de iniciarse la marcha hacia Panamá ya tenían un hambre canina. Llegaron hasta el puesto español de Torna Caballos y no encontraron que comer, sólo unas bolsas de cuero que inmediatamente romojaron, machacaron y cocieron para parliar la hambruna, peleándose entre ellos a la hora de repartir el caldo y las tiras de piel. Siguieron camino engañando al hambre a base de hierbas, hojas y raíces. En Barbacoas hallaron dos sacos de harína, dos pipas de vino y algunos plátanos que fueron repartidos entre los enfermos ante las protestas del resto. Dos días después encontraron una despensa repleta de maíz que devoraron crudo. Al poco, entraron en la ciudad de Cruces, quemada por los españoles, donde localizaron algunos sacos de trigo y varios cerdos. A finales de enero avistaron por fin el Océano Pacífio y, en un valle, descubrieron unas vacas y caballos que mataron de inmediato. Tal era el hambre que llevaban que devoraron la carne medio cruda. Diez días habían tardado en ver la ciudad de Panamá desde que dejaron las naves en la desembocadura del Chagres.

 


Rumbo a la Isla Del Cofre